RESUMEN:

La violencia se expresa a través de conductas llevadas a cabo en forma premeditada por una o varias personas y que provocan perjuicios físicos, psicológicos o sociales en otra u otras personas, comúnmente denominadas víctimas. Puede manifestarse en forma física o emocional, adoptando formas de amenaza, burla o acoso (Ortega; Merchán, 1997).

Si bien existen diversos tipos de violencia, por ejemplo, maltrato físico o psicológico, abuso sexual o abuso económico (Ortega; Merchán, 1997), hoy en día se ha apreciado un aumento de casos relacionados a un tipo de violencia escolar que se caracteriza por ser permanente y reiterativa. Es el denominado Bullying o acoso escolar (Cerezo, 2006).

Las causas de este tipo de actos violentos pueden variar, sin embargo el resultado es siempre el mismo: daño, muchas veces irreparable, en un niño o niña que adopta un rol de víctima que nunca pidió o deseó (Cerezo, 2006).

El presente trabajo pretende abordar esta temática a través de un análisis del problema y de una propuesta de intervención educativa basada en un caso tipo*.

* La propuesta de intervención educativa no se incluye en esta publicación, por lo que debe ser solicitada al correo del autor.


INTRODUCCION


La fuerza es el derecho de las bestias (CICERÓN; 106 – 43 A/C).

Si bien podemos considerar a la conducta agresiva como un tipo de comportamiento básico para la adaptación y sobrevivencia del ser humano y de todos los seres vivos, al manifestarse ésta en forma permanente, premeditada y generalizada en un contexto educativo, puede hacer peligrar los procesos de aprendizaje y de desarrollo que la educación busca conseguir como objetivos fundamentales de su cometido.

La agresividad implica una reacción de provocación o ataque, un acto que vulnera los derechos del otro. En otras palabras, al agresor se le podría definir como aquella persona que da motivo a una querella o riña, injuriando, desafiando o provocando a otra de cualquier manera (Diccionario de la lengua española).

La agresividad en el contexto escolar, puede manifestarse con diversa fuerza dependiendo de la forma que adopte. Es decir, pueden ser peleas, gestos, burlas, insultos, aislamiento o, en términos más amplios, manifestaciones de discriminación.

Ahora bien, cuando estos actos se tornan una forma permanente de actuar en un niño o niña, cuando el escolar busca causar daño a otro en forma reiterada, se puede afirmar que se está en presencia de actos violentos. La violencia es un tipo de agresividad que se encuentra más allá de la considerada natural o adaptativa, y que por lo general se lleva a cabo en forma de arrebatos intensos.

Esta violencia afectará distintas esferas del desarrollo de quien la recibe, a saber, físico, emocional, cognitivo o social, aunque la mayoría de las veces se dan asociaciones de estos.

En síntesis, al hablar de violencia escolar se está en presencia de actuaciones de uno o más estudiantes que buscan ocasionar premeditadamente daños o lesiones en la integridad física o psicológica de otro educando. La manera en que el o los agresores lleven a cabo este comportamiento se expresará como una violencia directa, indirecta, activa, pasiva o por omisión, sin embargo el resultado será siempre el daño a otro.

Uno de los tipos de violencia que ha experimentado mayor prevalencia los últimos años en los recintos de educación de diferentes países y culturas, es el llamado Bullying o Acoso Escolar. Es un fenómeno global que se podría intentar explicar desde diferentes plataformas teóricas, pero del que sin embargo aún se sabe poco. Esta violencia supone la manifestación por parte de un niño – victimario de conductas que dañan física o psicológicamente a otro niño (víctima) en forma premeditada y repetitiva. Es parte de ella la intimidación, una subcategoría de la agresión que supone violencia repetida durante un tiempo por parte de uno o mas estudiantes a otro provocando en este una disminución de su autoestima, cambios en su comportamiento y en su estado de ánimo (Olweus, 1993). La intimidando se da cuando un estudiante insulta a otro, cuando lo golpea, cuando lo amenaza, lo encierra, le envía cartas desagradables o lo aísla (Smith y Sharp, 1994).

El hecho es que no todos los niños manifiestan pautas o estilos de interacción similares, lo cual se evidencia muchas veces dinámicas de relación escolar marcadas por la agresión y la victimización, lo cual, es probable, contribuye a la conformación de patrones estables de conducta en los escolares. Es decir, existirían dimensiones de la personalidad que se revelan y se potencian en estas situaciones, y que serían muy diversas en cada uno de los actores involucrados en la dinámica del bullying (Fuensanta, 1994).

Esta violencia es más común en los varones que en las damas (proporción de tres a uno), siendo la autopercepción de “condición física fuerte” un potenciador o gatillante. Estos niños o jóvenes establecen una dinámica relacional agresiva y generalmente violenta con aquellos que consideran débiles y cobardes. A su vez, se consideran a sí mismos líderes, mostrando una alta autoestima. Al otro lado, las víctimas comúnmente muestran un aspecto físico aparentemente débil, timidez, retraimiento y aislamiento social, con una baja autoevaluación (Fuensanta, 1994).

Estaríamos en presencia de un fenómeno en el que se puede distinguir un perfil de agresor y un perfil de víctima, así como factores de riesgo que facilitarían su emergencia. No obstante, el educador y equipo de profesionales de un recinto de educación básica o media, deberían poseer las habilidades, estrategias y, en definitiva, competencias, para aminorar el impacto de esos factores de riesgo, potenciar factores protectores y lograr llevar a cabo programas efectivos para la prevención o tratamiento educativo del bullying (Cerezo, 2006).

BULLYING: ANALISIS Y PROPUESTAS DE ABORDAJE EDUCATIVO

"La preocupación por el bienestar humano se enraíza en el ámbito de la afinidad humana. Sólo en las relaciones llegan a ser identificadas y valoradas las personas." (Kenneth Gergen).


Detección de la violencia y el acoso escolar:

Al hablar de problemas de conducta en la escuela comúnmente se hace una referencia a problemas de control de la agresividad. Este es un problema que preocupa a profesores, a padres y a los propios niños. Las conductas agresivas parecen demasiado frecuentes, por lo que es necesario intentar disminuirlas (Universidad la república; Curso nivel intermedio de especialización, 2007).

La agresividad infantil es uno de los problemas que más invalidan a padres y maestros puesto que se asocia a manipulación y rebeldía y no se sabe muy bien como se debe actuar ante niños con estos comportamientos, lo cual dificulta el necesario cambio de sus conductas (Universidad la república; Curso nivel intermedio de especialización, 2007).

El hecho es que cualquier acto violento acaecido en la escuela, vistos estos como comportamientos de un alumno (a) que involucran amenaza o daño físico, psicológico o social a otro educando (Ortega; Merchán, 1997) provocará, entre muchas otras consecuencias, que los niños - victimas disfruten y se favorezcan menos de las actividades educativas; que los niños - victimas perciban menor utilidad en lo aprendido; que a los otros niños, aquellos que no sufren la violencia, también se les dificulte el aprendizaje; que el hecho de la violencia escolar se constituya como un factor de riesgo para el desarrollo de conductas violentas en esos otros niños; que los profesores y profesoras se sientan sobrepasados por la escalada de la violencia; que las autoridades académicas no encuentren las vías de acción adecuadas para disminuir el problema y, en definitiva, que toda la comunidad educativa experimente los signos negativos de la agresividad provocada en un inicio por algunos niños.

Dentro de todos los tipos de manifestaciones de violencia escolar (que incluyen violencia física y psicológica, directa, indirecta o por omisión), una de las que ha cobrado mayor connotación y ha generado mayor dificultad en su tratamiento educativo, es el acoso escolar, también conocido como Bullying.

El vocablo Bullying proviene del inglés bully, que significa matón o agresor, y hace relación a conductas acontecidas en el contexto escolar relacionadas a la intimidación, la tiranización, el aislamiento, la amenaza o el insulto emitidos por un niño (a) – victimario sobre un niño (a) - víctima. En esta dinámica, el educando que es agredido se convierte en víctima ya que se ve expuesto de forma repetida y durante un tiempo determinado a acciones punitivas que lleva a cabo un compañero o un grupo de ellos.

Entonces, la palabra bullying se utilizará para describir diversos tipos de comportamientos no deseados por niños y adolescentes, los cuales abarcan bromas pesadas, aislamiento, ataques personales, agresión física o abusos serios, de forma permanente.

Además, al igual que en los otros tipos de violencia escolar, el acoso podrá tomar diferentes formas, a saber, físico (empujones, patadas, agresiones con objetos); Verbal (insultos, burlas, menosprecio); psicológico (atacar la autoestima, fomentar el temor) y social (aislar al niño del resto del grupo curso).

Lo relevante de este fenómeno no serán sin embargo estas acciones de violencia reiterativa, sino más bien los efectos que ellas producirán en sus víctimas. Por lo tanto, será esencial, en principio, que los profesores (as) y padres tengan la habilidad y conocimiento para detectar el acoso y así poder tratarlo efectivamente. En este sentido, reconocer las características principales del bullying constituirá un primer paso. Entre estas, podemos mencionar que existe una víctima indefensa atacada por uno o más compañeros; que existe desigualdad de poder o desequilibrio de fuerzas; que representa una situación de indefensión para la víctima; que la agresión es repetida durante un largo período; que la víctima genera expectativas (consecuencias cognitivas) de sufrir nuevos ataques y que generará en la víctima consecuencias en su estado de animo y autoestima, entre otras.

En segundo lugar, será necesario lograr distinguir indicios que den cuenta de la situación de violencia o acoso. En el contexto familiar, estos indicios podrían ser cambios repentinos en el comportamiento; cambios de humor o estado de ánimo, como tristeza, llanto o irritabilidad; trastornos del sueño, como pesadillas, insomnio o hipersomnia; cambios en el apetito; dolores psicosomáticos, como dolores de cabeza, de estómago o vómitos; perdida de o deterioro de pertenencias; hematomas o rasguños; autoaislamiento; querer ser acompañado a la entrada y salida de la escuela y negarse a ir al colegio.

En el contexto escolar, se pueden observar las relaciones de los educandos en el patio y lugares cercanos a la escuela; los dibujos en las puertas de baños y paredes de la escuela; la no participación en actividades o paseos del curso; las risas o burlas repetidas en contra de un determino educando; alumnos que se quejan de ser insultados o agredidos; robos de material escolar; cambios inexplicables de estados de ánimo y de comportamiento; escasa relación con compañeros (as); evidencias físicas de violencia; dolores psicosomáticos; baja del rendimiento escolar; pérdida de concentración y quejas de los padres por no querer ir al colegio.

Una vez realizado el diagnóstico educativo, se pueden diseñar e implementar diversas acciones para, si se confirma la situación de violencia escolar, efectuar un tratamiento individual y sistémico del fenómeno dentro de la institución, o bien, avocarse a prevenir posibles brotes de Bullying.

El objetivo del tratamiento educativo podría ser modificar las circunstancias en las que se genera violencia para así cambiar las conductas de acoso. Una evaluación previa de cada caso resultará entonces esencial para poder recabar información valiosa que guíe las acciones o estrategias.

En cualquier caso, será imprescindible contar con la participación de directivos, profesores y familia, así como de otros profesionales que apoyen el proceso. Un trabajo multidisciplinario o transdisciplinario se podría constituir en un factor de prevención que marque la diferencia al momento de evaluar los resultados de la intervención.


Perfiles de personalidad en el acoso escolar:

Como se ha mencionado, la conducta violenta propia del bullying, es un comportamiento intencionado y perjudicial que se produce entre escolares. En estos casos, un alumno o grupo de ellos violenta a un educando oprimiéndolo, atemorizándolo, amenazándolo o golpeándolo repetidamente hasta convertirlo en su víctima habitual. No se trata entonces de un episodio esporádico, sino persistente que puede durar semanas, meses e incluso años.

Al respecto, resultan interesantes aquellos los planteamientos que señalan que frecuentemente los comportamientos violentos propios de estos casos son características estables de la personalidad del niño agresor. Algunos estudios dicen haber comprobado que los niños violentos se comportan de esa manera en forma constante, lo cual se asociaría a determinadas variables de la personalidad. A su vez, existiría un tipo de personalidad característica en las víctimas, lo cual explicaría el hecho de que, a veces, un niño o niña continúa siendo víctima a pesar de cambiarse de escuela en reiteradas ocasiones (Olweus, 1993).

Mynard y Joseph (1997) mencionan entre estas variables una alta tendencia al psicoticismo en los agresores y, en relación a las víctimas, una alta tendencia a la introversión y una baja autoestima.

Así, ambos tipos de niños presentarían características que facilitan el mantenimiento de sus conductas, lo que confirma la presencia de tales dimensiones o variables de la personalidad infantil propias de victimarios y víctimas, las que, a su vez, son significativamente distintas a las de otros niños (Barudy, 1998).

Un estudio realizado por Fuensanta (1994) confirma la alta propensión al psicoticismo en los agresores y la víctimización, neuroticismo y baja autoestima en las víctimas.

Las explicaciones causales de estos hechos y, en gran medida, de todos los hechos relacionados a la agresividad o violencia humana, se pueden encontrar por ejemplo en la teoría del aprendizaje por observación; en el modelo interactivo persona – situación o en estudios psicoeducativos o sociológicos que enfatizan diversos aspectos. Lo cierto es que al intentar esclarecer la etiología de este problema se deben incorporar factores personales (biológicos, cognitivos y emocionales), situacionales, familiares, escolares y culturales.


Causas de la violencia escolar:

El origen de la agresión y la violencia podría buscarse en los impulsos internos de las personas o considerarse innata en la especie humana. Podría ser, como dice el psicoanálisis, producto del "instinto de muerte" o como plantea el modelo hidráulico una forma de disminuir la presión interior al enfrentarse a presiones nuevas. Podría ser vista como un proceso de "catarsis" o tal vez como una secuencia de observación e imitación. Lo claro es que existen diferentes explicaciones para un mismo hecho, el de la violencia entre seres humanos.

La teoría de la Frustración de Dollard y Miller (1938), señalaba que cualquier agresión puede ser atribuida a una frustración previa. Este estado de frustración producido por la no obtención de una meta provocaría la aparición de cólera, la que, al alcanzar un alto grado, produciría la agresión directa o indirecta. La selección del blanco de dicha conducta violenta, se haría en función de aquel que es percibido como fuente de displacer, y si esta persona no existe, se llevará a cabo un desplazamiento de tal percepción a cualquier otro (Martínez, 1989).

Otra explicación posible para las distintas manifestaciones de la violencia escolar proviene de la teoría de Albert Bandura. Esta teoría, en principio sugiere que es el ambiente en el que se desarrolla el niño el causante de sus comportamientos agresivos. Tal idea la conceptualizó como “determinismo recíproco”, es decir, el mundo en el que se desenvuelve el niño y el comportamiento de éste, se causan mutuamente. Para Bandura, el ambiente, el comportamiento y los procesos psicológicos se relacionan, entendiendo estos procesos como la habilidad para grabar imágenes en la mente, con lo cual se acercó por primera vez a los posteriores planteamientos cognoscivistas (Bandura, 1973).

Sin embargo, su mayor aporte en esta área surge al analizar su modelo de aprendizaje vicario. Según este, el niño aprendería sus conductas a partir de la observación de un modelo. En la medida que los comportamientos de ese modelo recibieran un refuerzo, el niño tendería a imitarlo, integrando tal acción a su acerbo conductual. Por el contrario, si el modelo era castigado el niño inhibiría la reproducción de esa acción. Tal imitación se daría incluso en ausencia del reforzador, es decir, únicamente con la inferencia del niño acerca de un posible refuerzo, lo cual explicaría entre otros fenómenos la imitación de modelos masivos a través de los medios de comunicación (Bandura, 1983).

En el ámbito específico de las conductas violentas, se deben considerar tres aspectos esenciales de los planteamientos de Bandura, a saber, la desensibilización (la exposición prolongada a escenas violentas llevará al niño a un proceso de desensibilización hacia la violencia y hacia las víctimas de ella); el miedo (la observación repetida de violencia puede incrementar el temor de ser victima de violencia, percibiéndose la realidad como más peligrosa) y el aprendizaje (la exposición repetida de conductas violentas tiende a generar un aprendizaje de actitudes y conductas violentas, especialmente entre niños y adolescentes) (Bandura, 1983).

Desde otro punto de vista, el psicoanalista Sigmund Freud, inicialmente consideró a la agresividad como uno de los instintos básicos que componen el instituto sexual. Posteriormente, señaló que la agresividad no sólo provenía del instinto sexual, sino también de los instintos del ego. Según Freud, los verdaderos motivos de las relaciones de odio se derivan de la lucha del ego por conservarse y mantenerse. Desde esta perspectiva, se entiende por ego o Yo a la unidad dinámica que constituye la conciencia de identidad del individuo y que le permite reconocer su relación con el medio, una instancia psíquica que une al ello (yo instintivo) con el mundo exterior y hace de puente entre este ello y el super – yo (yo ideal) (Martínez, 1989).

Desde una posición bioquímica o genética la violencia se desencadenaría a causa de procesos bioquímicos en los que serían fundamentales las hormonas y dentro de estas la noradrenalina, un agente causal de la agresión. Sin embargo, aunque la agresividad está orgánicamente determinada y existen elementos evolutivos que generarían manifestaciones violentas, los factores biológicos no son suficientes para poder explicarla, puesto que el aprendizaje sería fundamental en la adopción de los diversos tipos y formas de agresión.

En chile, el educador Mario Sandoval, en su estudio Violencia escolar: un modo de gestionarse a sí mismo, establece interesantes alcances acerca del origen y factores intervinientes en el fenómeno de la violencia escolar. El plantea que «el sentimiento más recurrente en los jóvenes que hacen uso de la violencia en los espacios escolares es la rabia: rabia por no ser comprendidos, rabia por problemas familiares, rabia por no tener dinero para comprar lo que desean, rabia por ser siempre sospechosos, rabia por ser pobres, rabia por ser estigmatizados» (Sandoval, s/a). En este sentido, los estudiantes buscarían al interior de los espacios escolares el protagonismo social que se les niega afuera. Asistirían a los establecimientos educacionales a integrarse socialmente, pretenderían “ser” al interior del colegio (lucha del ego por conservarse y mantenerse) y en consecuencia intentarían diversos medios para lograrlo (Sandoval, s/a).

Desde esta perspectiva, el uso de la violencia garantizaría una visibilidad inmediata y el reconocimiento de los otros como «matón», «choro» o «bacán, una manera de intentar ser reconocido, respetado, querido e integrado (Sandoval, s/a).


Conclusiones:

Tal vez desde algunas teorías la agresividad infantil puede ser considerada como un hecho normal, que es parte del proceso de crecimiento y aprendizaje del niño (a). Sin embargo, aún cuando se la llegue a considerar adaptativa o propia del instinto humano, los educadores no deben adoptar una posición pasiva ante su emergencia. ¿Debemos alarmarnos frente a hechos, aislados o no, de violencia escolar? Por supuesto que sí debemos, así como debemos ser capaces de efectuar observaciones detalladas de cada situación y registros minuciosos de cada indicio, para poder detectar el riesgo real y lograr diseñar e implementar la intervención educativa adecuada para cada persona o grupo de personas.

Existen factores personales, incluso propios de la personalidad del niño, así como otros externos a él que dicen relación por ejemplo a la violencia que el educando ve cada día en su familia, barrio o medios de comunicación, que condicionan la aparición de agresividad en los educandos. Sin embargo, este hecho únicamente debe ser considerado para poder considerar a ese niño como víctima de un contexto de violencia mayor. Tanto él como aquel otro niño que con dolor recibe sus golpes o amenazas, deben ser protegidos, mediados y orientados, para poder asegurar su desarrollo integro a nivel actitudinal y valórico.

Esto no quiere decir que la víctima de bullying no deba ser el foco de preocupación, ya que debido a las consecuencias que experimenta por su situación de indefensión (depresión, aislamiento, baja autoestima) sí debe serlo. No obstante, un tratamiento óptimo al interior de la escuela debería permitir erradicar las conductas violentas, reeducar, motivar para el cambio, promover el respeto, la tolerancia, el aceptarse.

En esta labor, será el profesor el factor de cambio principal, debiendo ser apoyado por psicólogos, orientadores, asistentes sociales y todos los actores del sistema educativo. La comunidad misma debe ser sensibilizada para que a futuro no se repitan hechos lamentables como los que nos ha tocado conocer en los medios informativos. El nivel de desesperanza y tristeza en una víctima de bullying puede ser tal que idee su propia muerte, eso tiene que estar claro, así como las consecuencias que en la vida adulta puede provocar.

Finalmente, cada niño que es violentado por un par, así como cada niño que suele agredir a sus compañeros, no deja de ser jamás un educando, una persona en formación que necesita de modelos ojalá ideales para su formación. Lo primordial es privilegiar el lenguaje y la comunicación en cada una de nuestras actuaciones como adultos y mediadores. Como decía el filósofo Jean Paul Sartre (1905-1980), “desconfío de la incomunicabilidad; es la fuente de toda violencia”.


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